En 1976 España abandonó su última colonia, el Sáhara Occidental, en manos de Marruecos. Desde entonces, el pueblo saharaui está dividido entre aquellos que se quedaron en su tierra y los que huyeron de la persecución marroquí. Quienes escaparon sobreviven en el desierto, en condiciones extremas y ante el desamparo de la comunidad internacional.

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En la ‘hammada’ argelina, el llamado desierto de los desiertos, vive desde hace 40 años parte del pueblo saharaui, donde decenas de miles de hombres, mujeres y niños resisten día a día en campamentos de refugiados. Son el vestigio de una descolonización fallida, la española, y del expansionismo de Marruecos.

“España, incumpliendo las promesas que les había hecho de respetar su derecho a la autodeterminación, los traicionó y los vendió, entregándolos atados de pies y manos a Marruecos“, cuenta José Taboada Valdés, exsoldado del Ejército español y actual activista prosaharaui, quien afirma que el Ejército encerró “a los saharauis entre alambradas” y les quitó “la gasolina para que no huyeran”. “Fue colaborar en un genocidio”, asegura.

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Abdeslan Omar, presidente de la Asociación de Familiares de Presos y Desaparecidos Saharauis, sostiene que según las cifras que se manejan actualmente y que abarcan desde el inicio del conflicto hasta hoy, “son más de 2.600 víctimas de minas”. “Es una cifra enorme para un pueblo tan pequeño como el pueblo saharaui. El propio Pentágono habla de una cifra de 7 millones de minas a lo largo del muro de la vergüenza del Sáhara Occidental”.

La causa saharaui se encuentra en permanente espera y la mayoría del tiempo en la oscuridad política, diplomática, judicial e informativa. RT comprueba de primera mano cómo es la situación de los refugiados, de los activistas represaliados y de las familias saharauis que piden justicia para sus muertos y desaparecidos.

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