Documentos desclasificados y testimonios de testigos han puesto de relieve las nefastas consecuencias del accidente de Palomares, encubiertas por la Fuerza Aérea de EEUU, informa Dave Philips en su artículo para The New York Times.

Una noche de invierno de 1966, un bombardero estadounidense cargado de armamento colisionó contra un avión cisterna sobre la costa española. Perdió cuatro bombas de hidrógeno que cayeron sobre Palomares, pueblo de Almería ubicado al sureste de la península ibérica.

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Según el autor, Frank Thompson, que entonces tenía 22 años, no llevaba ropa especial que lo protegiera de la radiactividad, como tampoco los demás soldados obligados a recoger los componentes tóxicos.

Nos dijeron que era seguro e imagino que fuimos suficientemente tontos para creerlo”, recuerda.

Ahora, a los 72 años, Thompson tiene cáncer de pulmón, hígado y riñón. Además, paga 2.200 dólares al mes por un tratamiento que le saldría gratis en un hospital de veteranos si la Fuerza Aérea reconociera que fue víctima de la radiación, constata el periodista.

Sin embargo, durante medio siglo, la institución ha asegurado que en Palomares no hubo contaminación y que los 1.600 soldados que trabajaron en el lugar estaban protegidos.

Pero después de entrevistas con docenas de hombres como Thompson e informes desclasificados, la historia puede ser escrita de nuevo, señala el autor.

Según Philips, muchos de aquellos soldados ahora dicen que sufren los efectos de la contaminación por plutonio. El periodista logró ubicar a 40 veteranos que trabajaron tras el accidente: 21 padecieron cáncer y nueve ya murieron.

Muchos de los estadounidenses que limpiaron las bombas siguen intentando conseguir cobertura sanitaria y una compensación por discapacidad del Departamento de Asuntos de los Veteranos.

Pero esa oficina trabaja con la información que proporciona la Fuerza Aérea y, como en sus archivos no figuran heridos en Palomares, el departamento rechaza las peticiones una y otra vez“.

El autor lamenta que los hombres no puedan demostrar que resultaron afectados por la radiación para que se les cubran todos los costos sanitarios y se les pague una pensión por discapacidad

Presento una reclamación y la rechazan, presento una apelación y la rechazan. Ya no puedo hacer más. Dentro de poco todos habremos muerto y habrán logrado encubrir todo aquello“, confesó Ron Howell, de 71 años edad, al que acaban de extirpar un tumor cerebral.

  • El día que cayeron las bombas

John Garman, policía militar, acudió al lugar del accidente pocas horas después del accidente de aviones, el 17 de enero de 1966. Tenía 23 años.

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Fue uno de los primeros en llegar a la escena y se sumó a media docena de personas que buscaban las armas nucleares perdidas, señala el periodista.

Una de ellas acabó intacta en un banco de arena cerca de la playa. Otra cayó en el mar, donde la encontraron sin daños tras dos meses de búsqueda frenética“.

Las otras dos explotaron y dejaron cráteres del tamaño de una casa a ambos lados del pueblo, según un informe secreto de la Comisión de Energía Atómica que ha sido desclasificado.

A pesar de que las bombas llevaban mecanismos de seguridad que impidieron la reacción nuclear, los explosivos extendieron una fina capa de plutonio sobre el campo, cubierto de tomates ya maduros.

Al llegar pronto a Palomares, los científicos de la Comisión de Energía Atómica se llevaron la ropa de Garman, porque estaba contaminada, pero le aseguraron que no le pasaría nada. Doce años después tuvo cáncer en la vejiga, observa Philips.

El plutonio no tiene consecuencias inmediatas sobre la salud. Los científicos creen que las partículas alfa del plutonio no hacen demasiado daño fuera del cuerpo. Pero en caso de ser absorbidas, normalmente por inhalar polvo, lanzan una especie de lluvia continua de partículas radiactivas cientos de veces por minuto.

Dave Philips señala que un microgramo —una millonésima de gramo en el cuerpo— es considerada potencialmente dañina. Según los informes de la Comisión de Energía Atómica desclasificados, las bombas de Palomares soltaron más de 3.000 millones de microgramos.

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Para demostrar la seguridad de los habitantes de Palomares, la Fuerza Aérea de EEUU envió allí a soldados jóvenes con detectores de radiación portátiles. Peter Ricard, cocinero que entonces tenía 20 años, sin formación para utilizar el equipo, recuerda que le ordenaron que escaneara todo lo que pidieran pero con el detector apagado.

Teníamos que simular que medíamos para no causar problemas con la población local“, confesó durante una entrevista. “Aún pienso mucho en eso. No era demasiado listo en aquella época. Te decían que lo hicieras y solo respondías ‘Sí, señor‘”.

  • Análisis descartados

Para calcular la cantidad de plutonio que absorbía el personal que hizo la limpieza, un equipo médico reunió más de 1.500 muestras de orina.

El autor menciona que los resultados mostraron que solo 10 hombres absorbieron más de lo considerado seguro y que el resto, hasta 1.500, salieron sanos.

No obstante, los médicos que hicieron esos análisis, reconocen que no seguían las normas.

¿Seguimos un protocolo? Por supuesto que no. No teníamos ni el tiempo ni el equipo necesario“, declaró Victor Skaar, de 79 años, quien trabajó en el equipo que hizo las pruebas. Añadió que la orina de muchos soldados nunca fue analizada.

Asimismo, el autor comenta que el plutonio en los pulmones no tenía por qué aparecer en los análisis de orina y que, incluso con pruebas limpias, un hombre podía estar contaminado.

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  •  Tras la limpieza, la enfermedad

Philips observa que los soldados comenzaron a sentirse mal poco después de terminar de limpiar.

Hombres sanos de 20 años caían redondos por dolor en las articulaciones, en la espalda y por debilidad. Los médicos les decían que era artritis. Un policía militar tenía una sinusitis tan fuerte que se golpeaba la cabeza contra el suelo para que algo le distrajese del dolor. Los médicos le dijeron que era alergia“.

Uno de los soldados, Arthur Kindler, llegó a estar tan cubierto de plutonio que le hicieron bañarse en el mar y se llevaron su ropa. Cuatro años después del accidente, tuvo cáncer de testículos, una extraña infección pulmonar, que estuvo a punto de terminar con su vida, y sufrió cáncer en los ganglios linfáticos tres veces, cuenta el autor.

  • El seguimiento español

EEUU prometió pagar el seguimiento del estado de salud del pueblo, pero durante décadas solo costeó el 15% y España tuvo que hacerse cargo del resto, de acuerdo con un resumen desclasificado del Departamento de Energía.

En un memorando de 1976, los científicos españoles que estudiaban el estado de la población le dijeron a sus contrapartes estadounidenses que, debido a los casos de leucemia, Palomares “necesitaba algún tipo de seguimiento médico de la población para identificar enfermedades y muertes”. Pero nunca sucedió.

A finales de los 90, después de que España presionara durante años, EEUU aceptó incrementar la financiación. El pueblo se sometió a estudios que revelaron cifras altas de contaminación que no habían sido detectadas, incluyendo zonas en las que la radiación multiplicaba por 20 el nivel permitido en zonas no habitadas. En 2004, el Gobierno español levantó vallas alrededor de las zonas contaminadas cerca de los cráteres que dejaron las bombas.

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Después de años de presión, en 2015, EEUU acordó con España retirar el plutonio que queda, pero no hay calendario ni plan aprobado para que eso suceda.

© AFP 2016/ Nikolay Doychinov

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