EEl consumo de alimentos de origen animal es muy superior al que recomiendan las autoridades sanitarias, debido a la disponibilidad de carnes, productos lácteos y huevos baratos que posibilita la ganadería industrial. Las importaciones de millones de toneladas de soja, ingrediente imprescindible para las altas productividades de las granjas intensivas, resultan fundamentales para sostener un modelo alimentario que nos enferma. Mejorar nuestra salud —y reducir los costes sanitarios— pasa por apostar por dietas menos cárnicas y por productos de la ganadería ecológica o extensiva.

La industrialización de la ganadería, basada en las importaciones de soja, dispara el consumo de alimentos de origen animal en España
 
El consumo de carnes en España se ha disparado desde la segunda mitad del siglo XX. Si según la FAO en la década de 1960 la disponibilidad de carne era de 21,77 kg per cápita y año, en 2016 alcanzó los 90 kg. Este consumo está además muy ligado a las producciones más intensivas, es decir, aquellas más dependientes de los piensos compuestos, fabricados a partir de proteína de soja importada y cereales. Los lácteos, seguidos por la carne de cerdo y la de pollo, son los principales alimentos de origen animal consumidos en España, donde ingerimos más del doble de carne que la media per cápita mundial, casi el doble de leche y un tercio más de huevos.
Dichos consumos están muy por encima de las recomendaciones nutricionales: la población española consume seis veces más carne de la recomendación máxima. Por categorías, comemos diez veces más carne roja de la recomendada y ocho veces más de la procesada. Los niños y niñas no escapan de este insalubre patrón: consumen entre 3,5 y 4 veces más carne que el máximo recomendado; 3,5 veces más carne roja y entre el doble y el triple de procesada. Las carnes procesadas (embutidos, salchichas, etc.) suponen el 23 % del consumo de carnes en España, y a ellas se destina el 40 % de la producción de cerdo (la más importante del país, y principal destinataria de las importaciones de soja).

Consumos perjudiciales para nuestra salud

 

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Los componentes críticos de la carne y derivados cuyo consumo excesivo nos enferma son básicamente de tres tipos: grasas insalubres, sal y productos cancerígenos como los nitritos y nitratos (presentes en las carnes procesadas).

Las enfermedades cardiovasculares (ECV) son la principal causa de enfermedad en Europa: representan el 49 % de todas las muertes. Además del tabaquismo, los principales factores de riesgo de ECV son el aumento del colesterol y la presión arterial, vinculadas con los niveles actuales de consumo de grasas saturadas (presentes en carnes rojas, carnes procesadas y lácteos, y en algunos aceites como el de palma, omnipresente en los alimentos ultraprocesados). También se ha confirmado la asociación entre la ingesta de grasas saturadas con la obesidad y la incidencia de la diabetes tipo 2. Por otra parte, la OMS ha relacionado un alto consumo de carnes con un mayor riesgo de padecer cáncer de colón y rectal. Así, las carnes procesadas son consideradas “cancerígenas para los seres humanos”, mientras que a las carnes rojas se las considera “probablemente cancerígenas”.

De acuerdo con cálculos de Justicia Alimentaria, los gastos en salud pública relacionados con las enfermedades derivadas del exceso de consumo de carne ascienden a los 7.400 millones de euros (costes directos e indirectos). Esto supone un gasto por persona de 157 euros/año, lo que equivale al 13 % del total del gasto sanitario público por habitante.

Si en el Estado español se comiera la cantidad de carne recomendada:

  • habría 270.000 personas menos con dolencias cardiovasculares.
  • 1,8 millones de personas menos con diabetes.
  • cada año se podrían evitar 17.500 casos de cáncer colorrectal y 8.200 defunciones por esa misma enfermedad.

El pasto importa: los alimentos de ganadería sin soja son más saludables

 

Y es que aunque las recomendaciones sanitarias (todavía) no diferencian entre los alimentos producidos en diferentes sistemas productivos, en los últimos años varios estudios científicos han identificado que la alimentación con pastos —en lugar de piensos— produce menos grasa saturada y un mayor contenido de grasas poliinsaturadas beneficiosas y vitaminas A y E. ¿Y qué animales comen pasto? Pues aquellos de granjas ecológicas o extensivas, donde los animales están vinculados al territorio y disponen de espacio exterior para moverse y pastar —limitando sustancialmente o eliminando el consumo de granos o piensos derivados de estos—.

No debería extrañarnos que los alimentos procedentes de animales hacinados, cebados para engordar lo más rápido posible y sobremedicados para sobrevivir hasta la edad de sacrificio —cerdos, pollos y gallinas o vacas de granjas industriales— resulten, en último término, menos saludables para quien los consume.

Necesitamos ajustar nuestra dieta a las recomendaciones sanitarias y a los límites planetarios. Las expertas internacionales autoras del informe “Alimentos, Planeta, Salud” de la prestigiosa revista científica The Lancet establecen que una alimentación saludable en 2050 requiere duplicar el consumo de alimentos saludables como frutas, verduras, legumbres y frutos secos, y reducir en un 50 % en el consumo mundial de alimentos menos saludables como los azúcares agregados y la carne roja (porcentaje mayor en las sociedades industrializadas hipercarnívoras). Con ello se lograría, además, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, al tiempo que disminuiría la pérdida de biodiversidad y el uso de fósforo, y se limitaría la demanda de tierras, agua y nitrógeno por parte de la agricultura.

Más verduras y legumbres, y menos soja, para una alimentación saludable y sostenible

 

Agroecología para enfriar el planeta

 

Es decir, sería necesario reducir drásticamente los cultivos de soja y cereales destinados a alimentar la ganadería industrial, y liberar tierras de cultivo para la producción de alimentos sostenibles destinados a los mercados locales, así como para la regeneración de ecosistemas y los procesos de renaturalización.

Para la población española no debería ser nada nuevo: la dieta mediterránea —nuestras «raíces alimentarias”— se caracteriza por un modelo nutricional constituido principalmente por cereales, frutas y verduras frescas, legumbres, aceite de oliva y una cantidad moderada de pescado, productos lácteos y carne. A pesar de estar cada vez más reconocida en el mundo y a nivel científico, las poblaciones mediterráneas se alejan cada vez más de “su dieta”.

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FEl Plato para comer saludable de Harvard, creado por la Escuela de Salud Pública de Harvard y los editores en Publicaciones de Salud de Harvard, a partir de los estudios nutricionales más recientes y sin influencias de la industria alimentaria ni de la política agrícola. Fuente.

Un mayor cultivo de legumbres para uso humano —de las que somos deficitarios, y que constituyen una excelente fuente de proteínas—, junto a recuperar las producciones ganaderas extensivas y ecológicas para satisfacer un consumo moderado de carnes, lácteos y huevos, serán claves para mejorar nuestra salud, así como para reconciliarnos con nuestra identidad gastronómica, los ecosistemas y los pueblos duramente golpeados por monocultivos de destrucción masiva como la soja.

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